Certeza en tomar decisiones

Amanece, que no es poco…. Parece que no se acaba el mundo a pesar de la psicosis colectiva pasajera. Es asombroso el caos que un virus tan diminuto puede producir en cuestión de segundos sobre una sociedad avanzada del “primer mundo” y amenazar el entorno de normalidad al que estamos acostumbrados. La incertidumbre es el mayor enemigo de la estabilidad y de la sostenibilidad de nuestro sistema económico de bienestar, y como muestra, sólo hay que echar un vistazo a la evolución de los índices bursátiles de los últimos tres días.

Lo incierto o lo que puede generar inquietud o dudas al individuo y, por ende, a una sociedad avanzada es una percepción muy personal que forma parte de nuestra cotidianidad, aunque a veces, la mayoría, o no somos conscientes o no lo queremos ser, o preferimos relativizar o vivir en la ignorancia (dicen que los mayores beneficiarios del sentimiento de la felicidad en su pura esencia son los ignorantes), de la volatilidad del ser humano y de su efímera existencia.

Poniendo el foco en las pequeñas y medianas empresas, motor de nuestra economía a escala real, si hacemos el ejercicio de bajar a la tierra y dejarnos de vivir fantasías, sueños y cataclismos propios de las series de TV, nos daremos cuenta que en realidad estamos ante una situación, anómala claro está, en la que hay que tomar decisiones normales dentro de la anormalidad y gestionar adecuadamente los avatares diarios que se vayan produciendo.

Lo que es exigible al empresario y a los gestores de negocios es (esto no es nuevo) realizar un razonable ejercicio de previsión y de implementar un plan de contingencia ante unas perspectivas inciertas en el tiempo que ni el propio Gobierno ni las autoridades mundiales conocen con exactitud puesto que nadie es poseedor de la tan deseada “bola de cristal”.

Estamos ante un momento clave para que cualquiera que ocupe un cargo de administrador, gerente o responsable directivo, más allá de la responsabilidad diaria que acarrea a sus espaldas para obtener resultados y satisfacer a sus accionistas, se le añada un plus de carga de responsabilidad para gestionar con la diligencia debida los efectos de una crisis sanitaria convertida en crisis de país que ha desembocado en la declaración oficial del estado de alarma.

Estado de alarma no es sinónimo de alarmismo. Ante situaciones graves, y ésta en verdad lo es, las decisiones son más difíciles y duras de asumir, pero también son necesarias para el bien de la comunidad y el bien personal, dado que no podemos obviar las consecuencias que establece nuestro ordenamiento jurídico para quien tiene que tomar las decisiones.

Nos envuelve un alto nivel de incertidumbre sobre lo que acontecerá en los próximos días, quizás semanas o meses, pero lo cierto es que no cabe la parálisis, lo cierto es que se tienen que tomar decisiones, lo cierto es que hay que prevenir situaciones y riesgos en el corto plazo, y lo aconsejable es que los gestores y responsables de empresas acudan o se rodeen del asesoramiento legal necesario que les permita en la medida de lo posible la minimización de consecuencias negativas.

La ley establece un plazo de dos meses para que los administradores de sociedades “hagan algo” desde que sepan o puedan saber que no se podrán atender las obligaciones y vencimientos exigibles recurrentes. Dichas medidas pueden ser muy variadas en función de las circunstancias concretas de cada negocio, unas tratando de buscar la mejor viabilidad del negocio mediante la formalización de expedientes de regulación temporal de empleo/ocupación (ERTE/ERTO), o mediante acuerdos de refinanciación con los acreedores bancarios o de negociación con los proveedores más importantes, muchos de los cuales se hallarán sin duda en una situación muy similar, o de adopción de medidas más drásticas como la comunicación de preconcurso o incluso la declaración de concurso de acreedores, que en ocasiones también favorecen la viabilidad y que, en cualquier caso, ofrecen la garantía legal a los administradores y directivos de maniobrar en tiempos de turbulencia con la máxima responsabilidad y seguridad limitando a su vez los riesgos empresariales y personales.

Cualquier llamamiento a la prudencia se queda corto pero el primer llamamiento tiene que ser al sentido de la responsabilidad y del sentido común. Lo que está claro es que algo hay que hacer sin ser prisionero del alarmismo, pero siempre es conveniente hacerlo midiendo bien todas las consecuencias. Para conseguir ese objetivo se deberá analizar caso por caso el escenario concreto con el acompañamiento de asesores legales especializados en estas lides.

Que no cunda el pánico, lo cierto es que mañana seguirá amaneciendo.

Amber Legal & Business Advisors S.L. – Javier Martínez Plaza – Abogado

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